Se nace con la enfermedad del orgullo

Se nace con la enfermedad del orgullo

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Sesha: ¿Notas algún elemento de la sala que sobresalga a tus sentidos?

Estudiante: Sí: la columna situada a mi lado.

Sesha: Descríbela.

Estudiante: Es una columna de la estructura del edificio. Tiene unos cuarenta por cuarenta centímetros cuadrados de sección. Posee una altura de unos cuatro metros. Está enchapada en madera, presumiblemente de pino. Está compuesta por hormigón armado.

Sesha: Muy bien. Has definido la columna mediante un variado número de componentes. Intenta ahora definir uno de ellos: la “madera presumiblemente de pino”.

Estudiante: Son listones unidos de unos dos metros de longitud por ocho o nueve centímetros de ancho. Tiene nudos y vetas. Está cubierta con un barniz transparente.

Sesha: Anteriormente definiste el Objeto “columna” gracias a varios elementos, uno de ellos el concepto “madera”. Ahora defines “madera” atribuyéndole características de longitud, ancho, barniz, nudos y otras más. Nuevamente aparecen partes. Si nuevamente defines cualquiera de los constituyentes notarás que se definen en función siempre de otros, lo que convierte el ejercicio en un círculo vicioso donde nunca hay fin y jamás hay comienzo.

Estudiante: Es imposible llegar a la definición final, puesto que aún ella posee cualidades que son definidas por otros Objetos. Es de nunca acabar.

Sesha: ¿Qué Objeto no requiere ser definido mediante otro?

Estudiante: Ninguno. Todo Objeto conformado por partes o toda parte que conforma un Objeto requieren necesariamente algo externo a ellos que los defina.

Sesha: Sin embargo, ninguna de las acepciones que usas para definir la columna de la sala es permanente en tiempo y espacio.

Estudiante: ¿Y las apreciaciones ideales?

Sesha: Ni aún ellas. La apreciación de la belleza, la idea de número y otras entidades abstractas, por más arquetípicas que sean, no pueden resistirse a la interpretación personal que cada cultura milenaria aplica al mundo.

El mundo que interpretas con la mente goza primordialmente del atributo del cambio. El ser humano sufre a causa de ello. El dolor no es más que la impotencia egoica al cambio. El individuo es una hoja al viento en el tormentoso océano del movimiento al que se ve sometido y al que no puede controlar. Es innegable: esta suma de Objetos apresados en forma de universo es realmente excepcional. La belleza inconmensurable que se obtiene al contemplar las grandes galaxias y constelaciones tan solo puede ser equiparada con la presencia de una flor o con la magia de la vida en cualquiera de sus órdenes.

Somos egoístas porque nos creemos diferentes. El ser humano se presume especial y único y, sin embargo, no controla a voluntad el proceso enzimático ni el crecimiento de su cabello. Se nace con la enfermedad del orgullo, y la errónea educación lo alienta a creer ser poseedor de cuerpo y mente. Y aunque el individuo crea ser centro del universo, su cuerpo y mente están sometidos al cambio y finalmente a la muerte.

Todo lo experimentado es parte de otras partes, o de su negación. Todo, absolutamente todo lo que es viable experimentar por cualquier ser humano puede interpretarse afirmativamente o negando dicha afirmación. Afirmación y negación son parte, como otras miles de dualidades que nuestro lenguaje utiliza.

El término Dualidad expresa la naturaleza cambiante, relativa, no definida por sí misma, de los entes constitutivos del universo. La Dualidad campea triunfadora como instrumento de la dialéctica. En ella se apoya la apreciación científica y, gracias a su inexpugnable hábitat, el dolor se pasea por el mundo acompañado en alternativos vaivenes de mano con la alegría. La Dualidad es el mecanismo base interpretativo de la mente; la apreciación binaria de los ordenadores se asimila al funcionamiento del cerebro. En nuestra mente y en nuestro universo no hay una sola cosa; como mínimo siempre hay dos. Quien ve la unidad, se adiciona a ella conformando una nueva Dualidad.

¿Conoces algún Objeto experimentado que sea sin partes, sin cambio, sin representación de “nombre” y “forma”?

Estudiante: Tal vez…, ¿Dios?

Sesha: ¡Dios! ¿Tiene usted experiencia de Dios?

Estudiante: No, no la tengo.

Sesha: Muy seguramente, cuando la tenga, podremos entendernos sin tener que hablar.