Quién impulsa al dolor, a la guerra o a la muerte

Quién impulsa al dolor, a la guerra o a la muerte

  • Categoría de la entrada:Sin categorizar

El mundo y sus consecuencias son el resultado del congénito karma que vida tras vida te arrastra y te encadena al mundo. Todo deviene esencialmente del anhelo por el resultado de la acción y por el sentido egoico mientras actúas.

Cada pensamiento, cada acto realizado con intencionalidad y egoísmo nutren el futuro individual y colectivo de tal forma que, en un lejano futuro, el pasado causal nos enfrenta a las consecuencias del futuro acontecer.

No hay karma bueno ni malo. No existe una modalidad de acción correcta en la que el karma se manifieste mejor o peor. El karma no califica, tan solo relaciona causa y efecto gracias a la interacción del egoísmo humano. Eres, desde tu propio parecer y desde el parecer social y ético, quien presupone una consecuencia como fruto “bueno” o “malo” de una acción realizada.

Tu creencia de Dios se basa en la fe. El desconocimiento de ti mismo te lleva a aceptar el hecho de la existencia de un regente universal que estipula premio o castigo. Tú eres Dios; tu conciencia es Dios; el amor es Dios, entendido como la experiencia No-dual que lleva a la vivencia de la integración de lo conocido, de lo amado y de lo existente. Dios, según tu parecer, es la imagen de un padre que guía a sus hijos mientras estos no tienen facultades para hacerlo por sí mismos. Tu propia ignorancia te impide reconocerte como inmortal. Te es más fácil asumir por fe que las cualidades superiores no residen en ti sino en un tercero que rige los destinos del universo. Te han enseñado a creerte pecador, te han lavado el cerebro durante generaciones llenándote de culpa; de esa manera han castrado tu capacidad de sentirte y reconocerte a ti mismo como divino. Con tu mente, con tus pensamientos, sentimientos y emociones engendras tu propia creencia de Dios. La vistes de multifacéticas características, todas ellas prodigiosas e inefables. Sepas que son solo ideas de Dios. Dios no es lo que piensas de él, al igual que el amor no es lo que piensas del amor. Ante el dolor y el sufrimiento clamas por la presencia divina. Sepas que no ocurrirá nada que no haga parte de tu congénito karma al igual que, por más que te esfuerces, la flecha tensada y expulsada por el arco no cambiará su trayectoria. Eres esclavo no de la vida, sino de tus pensamientos egoístas; son ellos los que trazan el sendero de tu propia ignorancia. La mayor falacia es creer que el “yo” existe.