Quien Ama no tiene otra forma de vivir

Quien Ama no tiene otra forma de vivir

  • Categoría de la entrada:Amor-Devoción

Cuando era niño, algunas experiencias místicas empezaban a insinuarse y no sabía cómo esconderlas, porque eran difíciles de explicar a un tercero. La única persona que las intuía era mi madre. Ella me preguntaba por qué lloraba, y no tenía otra opción que decirle que estaba triste. Me miraba a los ojos y decía que aquellos no eran ojos de tristeza. Entonces yo esbozaba una rápida sonrisa y me escapaba a jugar, para que no me siguiera preguntando.

En la juventud fue más complicado. Es la etapa en la que impera la ignorancia, la dulce, espantosa y brutal ignorancia de la juventud. Fueron momentos en los que aquellos sentimientos eran inabordables, no veía salida alguna a aquella forma de vivir las cosas. Trataba de ocultar todo aquello, y a veces el licor y otras veces la locura de la pasión ayudaban anestesiando el fulgor de lo Divino.

Pero, finalmente, lo inevitable sucede. Es inevitable porque quien Ama no tiene otra forma de vivir que esa. Finalmente sobreviene el llanto, el estallido de la Comprensión, darse de bruces con la esencia de la Divinidad. Y entonces finalmente se ve a Dios, se revela el rostro del Amado.

Se ven los ojos de Dios, el cuerpo de Dios, y en Él caben todos los universos, no solamente los que conocemos, sino los que están más allá de este. Se ve fluir la intensa corriente de la vida, de la belleza, de la fuerza que hay en todas las cosas; se percibe en un instante la violencia latente en la naturaleza, los elementos que la constituyen, se percibe el chisporroteo de la materia y la fuerza de la energía, se percibe la irresistible proximidad de todas las cosas aunque estén a millones de años luz de distancia.

Se percibe el tiempo atrapando entre sus redes el pasado, el presente y el futuro, y todo acontece al unísono, en un mismo instante. Y el místico no entiende, solamente se entrega, no tiene otra opción que hacerlo, y cuando se regresa de ese mundo, de esa extraña visión, el cuerpo está débil, han pasado horas, a veces incluso días, no se puede hablar, la cara está bañada en lágrimas, se está profundamente mareado.

Se regresa a un universo que había desaparecido momentáneamente y no se entiende de dónde se viene; no se sabe qué ha pasado con Aquello que se ha visto y el universo empieza a replegarse nuevamente en miles e infinitas partes diferentes unas de otras.

Los objetos van apareciendo distintos uno a uno. No han dejado de ser lo que eran ante los ojos del Amado, pero empiezan ahora a aparecer en un sitio concreto: aparece claramente el color verde diferente del rojo, el azul del amarillo, las formas alargadas de las redondeadas, y el rapto místico ha terminado.

No se encuentran palabras para describir Aquella visión. No sabemos si fue un sueño o una pesadilla, si fue un instante de desesperación o de éxtasis, simplemente no hay respuesta en la mente. Se observa el mundo y notamos que es el mismo que existía hace un instante, pero ahora las “partes” establecen su presencia en mayoría, separadas cada una por fracciones de espacio en fracciones de tiempo.

Entonces nos preguntamos: ¿Por qué he vuelto? ¿Por qué se me ha revelado otra vez esta divina experiencia? ¿Por qué he regresado? ¿Por qué vuelvo a esta realidad tan pobre? ¿Por qué, Señor, me abandonas en este mundo fraccionado? Entonces, empieza el ruego. El ruego es la expresión de cercanía y amistad con la Divinidad. Se ruega a Dios para que se dé otra vez lo que se vivió, porque la vida no tiene más sentido que Ese. Porque lo único que tiene sentido es ver que Todo está en todo. Pero a veces el ruego no es atendido y pasan meses o años en los que, silenciosamente, se pide a Aquello que nos transporte de nuevo a esos mundos. Hasta que finalmente el Amado escucha las cansadas palabras de un amante desesperado por su cercanía. Entonces, por fin, el corazón descansa. Descansa en los brazos de Aquello que acoge todas las cosas y que arrulla en la eternidad; son los brazos de Aquello que se Ama.

La experiencia mística es extraña. Es profundamente contundente. Es altamente consciente. Es extremadamente inteligente y, al mismo tiempo, profundamente ininteligible.

Que nadie se preocupe por no haber entendido del todo mis palabras, basta con que hayan escuchado con el corazón abierto.