La naturaleza metafísica de la información

La naturaleza metafísica de la información

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La naturaleza metafísica de la información

Autor: José Velasco

En el libro “Cuántica y meditación” Sesha replantea la idea de no dualidad del Advaita clásico de un modo sorprendente y novedoso: existe un principio de equivalencia entre información y conciencia. Dicho así queda un tanto abstracto, pero a su vez deja ver que es posible verificarlo cognitivamente en la experiencia de los más profundos estados de meditación no dual.

Esta idea abre un campo inmenso a la reflexión; eso sí, para captar su genialidad es necesario hacer todo un proceso de reajuste de los conceptos y del propio modo de pensar… ¡mientras no se dé el samadhi!

Trataremos de desbrozar el camino, al menos desde el punto de vista de la reflexión, comenzando por el concepto de información.

En nuestra vida cotidiana estamos acostumbrados a entender información en el sentido de “estar informados”: las noticias del telediario, el contenido de un libro, las frases de una conversación, cualquier cosa que busquemos en internet, tienen sentido y contienen información, para alguien. También lo asociamos al ámbito de la informática: lo que procesa un computador o el teléfono inteligente es información, digitalizada en bits. Estamos literalmente envueltos en información: si pudiésemos ver con colores las ondas que la transportan por el espacio, este se opacaría en una espesa telaraña multicolor de una densidad asfixiante.

La información se ha convertido en los últimos tiempos en una mercancía invisible que se compra y se vende. Luego, sería lógico preguntarnos ¿qué tiene que ver entonces con una filosofía metafísica como el Advaita Vedanta?

Cada vez es más frecuente entre los físicos afirmar que el universo está constituido por información, y no solo por materia y energía en su acepción clásica. Estas últimas se pueden percibir por los sentidos (por ejemplo, la luz son ondas electromagnéticas) o por diferentes sensores y aparatos de medida. El cerebro también procesa y almacena información que tiene como resultado las sensaciones, pensamientos, emociones y demás contenidos mentales que experimentamos. Los sistemas, sean físicos, biológicos, lingüísticos o tecnológicos, la contienen, la almacenan o la procesan, pero ¿qué es la información en sí?

Pocos conceptos tienen una naturaleza tan esquiva y, aunque todo el mundo habla de ella, casi nadie se atreve a definirla (yo tampoco). Está en todas partes pero es inatrapable. Cualquier definición de información requiere de información previa y, curiosamente, no existe una partícula elemental y primaria de información, como los quarks en la física, con la que por agregación se construyan los objetos y los pensamientos.

La unidad de medida de información (digital) tiene una cualidad muy particular; no es como el gramo, el metro o el segundo, sino que depende de una “decisión”, básicamente entre un 0 y un 1 o entre un “sí” y un “no”, igual que un interruptor, que responde a encendido o apagado. El resultado solo puede ser uno de los dos estados y la información resultante, en este caso binario, es un bit. Desde que Claude Shannon creó su teoría de la comunicación e inventó el bit se ha avanzado mucho en la digitalización de nuestras sociedades hipertecnológicas en la transmisión de datos o en la elaboración de predicciones con base en modelizaciones computacionales pero, obviamente, no todo puede medirse así. Hay aspectos de la vida imposibles de traducirse a bits, como los sentimientos por un ser querido o las corazonadas ¡que también son información!

En un sentido más profundo, la información tiene que ver con la probabilidad de que las cosas sean, existan, y puedan ser conocidas. Pero si la información es conocida por alguien diferente a ella, siempre hay un elemento de incertidumbre, que es otra de sus cualidades “misteriosas”. Por ejemplo, cuando se tira un dado, antes de que conozcamos el resultado, solo sabemos la probabilidad, en este caso 1/6, de que se muestre una de las posibles caras. Y esto esconde uno de los aspectos más interesantes de entender el mundo como información.

Cuando la física cuántica empezó a cobrar consistencia teórica y se comprobó su infalible poder predictivo, Einstein, defensor de una realidad independiente al observador, criticó esta nueva forma de ver el mundo con su memorable frase “Dios no juega a los dados con el universo”. Pero ahí se equivocó.

Y es que en el universo hasta las más pequeñas partículas subatómicas, base de toda realidad material, tienen una naturaleza probabilística, son una superposición simultánea de estados cuánticos, y no se concretan en “algo” hasta que no se las “mira” (mide). Como el famoso gato que está vivo y muerto a la vez o la luz blanca que, sin que nos demos cuenta, esconde en sí todos los colores del arcoíris. La realidad del universo es un juego, una danza de infinitas luces de colores que se encienden y se apagan (partículas cuánticas) y que cuando están en “off” no podemos saber nada de ellas. Pero la información permanece plegada en forma de potencial existencia.

La información liga de forma asombrosa lo percibido y al que percibe, ¿podría, entonces, ser un puente entre mente y materia? Visto así, se abre una nueva forma de interpretar la naturaleza de la realidad, pues la información aúna las dimensiones físicas (de lo conocido) y las categorías mentales (del conocedor).

Pero, a su vez, la información esconde facetas de su naturaleza previas a todo lo que pueda ser medido o pensado. Es un continuo sin comienzo ni fin, y por ser el fundamento de todo lo existente (físico y mental) es imposible definirla con base en algo que no sea ella misma. Paradójicamente, es en sí adimensional aunque tenga manifestación en lo dimensional. Esto le otorga una naturaleza híbrida entre lo físico y lo metafísico, entre lo posible y lo real, entre lo temporal y lo eterno.

La información se convierte así en un concepto privilegiado para tratar de soslayar las sempiternas dualidades del pensamiento humano. Pero, ¿qué papel juega en todo esto la conciencia?

Por ahora hemos dado unos pasitos, aunque la cuestión de la equivalencia entre información y conciencia es harina de otro costal. Continuará…

José Velasco