El “yo” no conoce

El “yo” no conoce

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Sesha: ¿En alguna ocasión has podido experimentar atención profunda asociada a un objeto externo cualquiera?

Estudiante: Me imagino que sí, por ejemplo cuando leo un libro.

S: Muy bien. ¿Te es claro que al iniciar la lectura tu mente interpreta los diversos signos alfabéticos ordenándolos en palabras, frases y conceptos?

E: Sí.

S: ¿También notas cómo debes hacer un esfuerzo mínimo pero sostenido y consciente de ese ordenamiento?

E: Sí. La lectura en mí es un acto habitual y requiere un mínimo esfuerzo.

S: ¿Te es claro que pasado un tiempo totalmente imprevisible, cualquier esfuerzo por leer cesa y logra absorberte en la lectura, e incluso logras pasar varias páginas sin que conscientemente lo notes?

E: Sí. Evidentemente, así es.

S: Antes de la ausencia del esfuerzo en la lectura te es lógico notar un espacio, un cierto distanciamiento entre tú mismo y el libro. Dicha distancia entre tú y las letras que lees puede variar desde unos pocos centímetros a alguna decena de ellos. Eres tan consciente de dicha distancia que usas anteojos o simplemente modulas tus antebrazos para adecuarte a la distancia correcta en donde te es más fácil leer. Ahora que has empezado la lectura y el proceso de atención se dirige a la comprensión continua del texto, te pregunto, ¿dónde se encuentra ahora, mientras permaneces abstraído en la lectura, la distancia física de algunos centímetros que detectabas previamente entre tú y el libro? ¿Puedes detectar la distancia que te separa del libro con igual facilidad a como lo haces antes de permanecer atento? ¿Eres consciente de ti mismo? ¿Eres consciente de que lees, o simplemente lees sin reconocerte a ti mismo haciéndolo?

E: Evidentemente, no; el sentido de distancia se pierde, mi atención se vuelca en el texto y la percepción de distancia desaparece.

S: Nota que la apreciación mental del espacio entre tú y el libro desaparece, pero hay más cosas interesantes que ocurren cuando tu atención se mantiene permanentemente en el libro; dime, ¿dónde estás tú como “individuo lector” mientras permaneces atento?

E: Antes de empezar a leer busco el libro, pues quiero recrearme “yo mismo” en la lectura. Luego de empezar a leer y permanecer atento al libro no me doy cuenta que leo, simplemente leo. Si me preguntas dónde estoy “yo” mientras permanezco atento leyendo, pues… no lo sé…

S: ¿Dónde se ve el libro mientras tú permaneces concentrado?

E: No hay un lugar especial donde esté, simplemente no me hago esa pregunta ni estoy pendiente de ese acontecimiento.

S: Y el espacio del cual afirmabas que se encontraba entre ambos, ¿dónde está ahora?

E: ¡No existe, no lo detecto mentalmente…!

S: Si no aprecias el sentido de espacio respecto al libro ni te detectas a ti mismo como lector, aunque sí estés leyendo el libro, entonces, ¿quién pasa las hojas y mueve los ojos mientras lees?

E: Ha de ser un acto reflejo.

S: ¿Y quién conoce, mientras el acto reflejo acontece?

E: Pues, ¡yo!, no hay nadie más, solo yo.

S: Pero acabas de reconocer que no te detectas a ti mismo como conocedor mientras operas en atención continua sobre el texto, y también reconociste que mientras lees no te detectas a ti mismo como lector.

E: Sí, entiendo. Quien conoce soy yo, pero si el “yo” no está, ¿entonces quién conoce?

S: En verdad, el “yo” no conoce, el “yo” no es consciente. El acto de saber simplemente aparece en un instante de presente, tal como el que ocurre en la atención sostenida sobre cualquier evento a percibir. Las cosas se perciben estando y se las conoce siendo. Ser y conocer son una y la misma cosa. Por ello, la única respuesta válida y coherente a la pregunta de quién realiza la acción es que ella simplemente ocurre bajo un orden que está más allá de mi propio sentido consciente individual. No es mi voluntad la que me permite conocer, ni tampoco es mi interés quien provoca la acción; todo simplemente acontece en un ambiente embebido de conciencia.