El “yo” es una actividad más de la mente

El “yo” es una actividad más de la mente

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El sentido del “yo” posee una fascinación especial, pues parece ser una actividad continua. Esa continuidad es la base para que la psicología, la psiquiatría y la filosofía sostengan gran parte de su andamiaje teórico. Suponen de base que la conciencia es una actividad interconectada al “yo”, razón por la cual el sesgo de cognición no puede plantearse sin la presencia de un individuo consciente. En cambio, para el Advaita y demás sistemas metafísicos orientales, el “yo” es una actividad más de la mente, al igual que, por ejemplo, la memoria, y cuya función esencial es otorgar sentido de propiedad a la cognición. La cognición en sí misma es independiente del sentido yoico pero, según el estado de conciencia en el que opere la mente, el “yo” puede parecer un agente consciente e interdependiente de sí mismo.

Sabemos, por ejemplo, que somos, pero no sabemos qué somos. Sabemos que percibimos el mundo pero no sabemos certeramente desde qué parte de nosotros mismos percibimos el mundo. Detectamos una apreciación constante de ser un “yo”, pero el pensamiento de “yo” es imposible de mantener constantemente. Pese al mar de dudas respecto a nuestra naturaleza mental, se ha intentado bajo todos los medios y a toda costa crear unas bases lo suficientemente sólidas para validar nuestra actividad yoística, incluso al punto de echar mano y convertir la célebre afirmación cartesiana en un axioma imprescindible: “pienso, luego existo”. Se entiende, por supuesto, que la validez de la vida individual se reconoce desde el planteamiento de que existe un sujeto diferente a los objetos que él reconoce. Aparentemente, intentar modelar una sociedad con base en la inexistencia del ego implicaría para la casi totalidad de personas un caos superior al ya existente.