El sentido egoico en los procesos volitivos

El sentido egoico en los procesos volitivos

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La presencia del sentido egoico en los diversos procesos volitivos puede parecer normal a la cultura occidental. Pareciera que no existe otra opción de funcionamiento mental. Plantear la existencia de actividad mental sin la presencia egoica suele ser tan extraño como dormir con los ojos abiertos. Es un axioma supuesto para la ciencia que el “yo” existe y siempre inunda la cognición.

Asumir un modelo de cognición diferente al volitivo, donde se plantee la exclusión de cualquiera de los pronombres personales, pasa a ser casi una quimera. La presencia del “yo” en la acción implica que este hace parte siempre de la trama de la cognición. Bajo el modelo Advaita existen nuevas formas de adentrarse en la descripción mental de las realidades conscientes. Específicamente hay tres adicionales estados de conciencia que se denominan Observación, Concentración y Meditación, junto con la culminación de este último, el Samadhi.

Tampoco debe entenderse que es posible obviar la pertenencia egoica inherente al acto volitivo que produce la acción, asociándola o responsabilizando de ella a un tercero. Sentirse poseedor de la acción no se evita obrando mediante o favoreciendo a un tercero. Entender erróneamente esto nos puede llevar a convertirnos en falaces filántropos, donde la entrega a un tercero avala cualquier sacrificio personal, aunque sea doloroso. Finalmente, todo consiste en creerse o no filántropo mientras se realiza la acción, o en presuponer los buenos votos que obtendré en un posible futuro gracias a la entrega y sacrificios hacia los demás. Pensar de esta manera es absurdo y presupone una aparente entrega idealista o espiritual marcada por el egoísmo.

En este caso, no es viable justificar que un llamado divino impulsó en mí la necesidad de hacer esto o aquello, responsabilizando de la acción a un tercero, ya sea este un libro, una institución… La presencia egoica también está activa en quien delega su responsabilidad actuante en terceros, pues es él mismo quien acepta comprender que debe sacrificarse por un mandato superior. Actuar es comúnmente un arte profundamente subterráneo en el que eludir las responsabilidades siempre se justifica.

Independientemente de cualquier acción, el mero hecho de que exista presencia egoica, que exista un sesgo de voluntad en la acción, hace que esta encadene al actor con la acción misma y, por supuesto, con el resultado de la acción.