Con qué cuentas para meditar:  la atención

Con qué cuentas para meditar: la atención

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La atención está relacionada con la capacidad innata de conocer algo. Atender implica conocer; conocer implica conciencia. Por ello solemos establecer que la atención es el aspecto dinámico de la conciencia.

Cuando atendemos un sonido, este entra a nuestra esfera consciente y lo conocemos. De forma contraria, es frecuente advertir que alguien no conoce porque está desatento, su atención se vuelca sobre una realidad diferente a la solicitada. El sello que imprime el poder conocer se denomina conciencia, pero el aspecto práctico de dicha actividad consciente se denomina atención.

La atención posee características excepcionales que hacen de ella una actividad francamente asombrosa, por ejemplo las siguientes:

  1. La atención atiende pero nada atiende a la atención. Es decir, la atención permite conocer, pero la atención jamás es objeto de conocimiento de nadie excepto de sí misma.
  2. La atención es autoluminosa, esto es, nada alienta la existencia de la atención, ella actúa y funciona ininterrumpidamente y por sí misma. Para entender esta idea, busca de alguna manera no estar atento. Notarás que, al intentarlo, no es posible dejar jamás de atender ni de conocer. La atención funciona siendo alimentada por ella misma, no hay actividad previa a la atención que alimente la atención.
  3. Es posible atender sin pensar que se atiende. Esta facultad de la atención diferencia claramente a la mente de la atención misma. Para Oriente, la conciencia, y con ella la atención, no está orgánicamente circunscrita a la mente, sino más bien se deposita en ella como el calor se deposita en el hierro cuando este es calentado por la llama. Esta cualidad de independencia de la conciencia permite ser consciente de la propia ausencia de pensamientos, pues la atención no se desvanece ante la desaparición de los contenidos mentales.
  4. La conciencia es un continuo de atención. No existe la posibilidad de aislar la conciencia en segmentos, tal como no es posible segmentar el agua que corre en el cauce de un río. La atención jamás cesa, nunca se detiene; siempre está en la apremiante actividad de conocer.