Amor místico

Amor místico

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La mística consiste, inicialmente, en darse en cada acción o, como dicen los místicos orientales, en “poner cada acción a los pies de Dios”. Todo se convierte en objeto de agradecimiento a la Divinidad. Así como en Occidente se da la costumbre de agradecer la comida, o al acabar la misa hay una mención de agradecimiento a los allí reunidos, en el misticismo oriental hay una necesidad de agradecer los actos cotidianos y ofrecerlos a los pies de la Divinidad. Se agradece no solamente la comida sino también la propia vida, la más simple acción, se agradece continuamente la presencia de la Divinidad en todos los actos cotidianos.

En cierto momento, la relación va creciendo y ya no es suficiente actuar en pos de una proximidad a la Divinidad, ya ni siquiera es necesario mostrarle nuestra presencia en los actos cotidianos para estar en concordancia con aquello que somos y que anhelamos, sino que bulle algo más: los pensamientos. Ahora, además de los actos, también los pensamientos son depositados a los pies de la Divinidad.

Es una extraña condición, una especie de hábito, de abstracción, en donde la Divinidad está presente en todos los actos cotidianos: en lo que se hace y en lo que no se hace, en lo que se piensa, en lo que se busca, en lo que se siente… y, lentamente, se forja una extraña comunión que vincula a Aquel a quien se adora y al adorador. Tal condición va creciendo y va forjando unos lazos indescriptibles, unos lazos de proximidad que pueden rayar a menudo en la locura, en la quemante desesperación, en el Amor místico.

Cuando esa relación de cercanía se mantiene, surge un sentimiento excepcional hacia Eso que se considera Superior y Divino, nace un sentimiento de Amor extraordinario y único que el Advaita denomina Prema.